La ciencia ha cambiado nuestra manera de vivir y así nuestra vida cotidiana. Como aventura intelectual y social le vienen inscritos los rudimentos de la creatividad y el progreso, y, por ende, se transforma en una herramienta indispensable de la sociedad modificando y mudando nuestra percepción del mundo y de la realidad. Basta pensar un instante en cómo nuestra vida cotidiana está conectada a la ciencia y tecnología, ya sea desde un punto de vista local, regional, nacional e internacional, o bien por sus actividades, industria, sanidad, energía, investigación científica, telecomunicaciones o cualquier otro servicio demandado por la sociedad. La ciencia moderna tiene como objetivo básico la construcción del conocimiento verificable y abierto. Es decir, manifestar verdades probadas, aunque no absolutas e infalibles. No se puede hablar, por tanto, de certeza absoluta, sino de verdades que contribuyen a incrementar nuestro conocimiento sobre una cuestión específica. A medida que se progresa esas verdades se van afinando, de forma que el grado de certidumbre sobre la cuestión estudiada aumenta, lo cual permite una mayor especialización. Con el paso del tiempo y la experimentación, ese conocimiento se va ampliando, matizando y complejizando.
El pensamiento científico, su método y sus descubrimientos siempre han
contado con enemigos de todo tipo, entre los que tradicionalmente se ha
destacado el poder religioso. Sin embargo, en las últimas décadas se han
incrementado las diatribas contra la ciencia desde otras situaciones,
concretamente las denominadas pseudociencias. Los discursos pseudocientíficos
se han infravalorado, empezando por los propios científicos, quienes solían
pensar que no debían perder el tiempo en rebatir ataques de estos grupos. Feynman (2010)
decía que la filosofía de la ciencia es casi tan útil para los científicos
como la ornitología lo es para los pájaros. Sin embargo, multitud de creencias
y prácticas pseudocientíficas divulgadas por los medios de comunicación están
adquiriendo una posición de peso en las sociedades actuales. La ciencia es un
arma política, que pensaba que la ciencia y la técnica, al servicio de los
intereses de poder, conducirán al mundo a formas sociales de dominación
absoluta por medio de instituciones opresoras de las que nadie ni nada
escapará. En todas las pseudociencias encontramos un denominador común: el
miedo social a la ciencia y la técnica difundido por intelectuales.
Ciertamente, los científicos no son neutrales, como tampoco las instituciones y
empresas que los financian; todos están sometidos a creencias, ideologías,
valores, normas e intereses que condicionan sus actuaciones. Además,
intervienen otros factores.
La pseudociencia es un problema social de la actualidad que es necesario
analizar desde puntos diferentes sus antecedentes históricos y sus nuevos
espacios de disputa. En este recorrido por la ciencia y sus enemigos, se
evidencia que la proliferación de estos movimientos no puede entenderse sin
tomar en consideración diversos actores, entre los que destacan los medios de
comunicación, mediante su tarea de divulgación científica; las grandes empresas,
especialmente las corporaciones farmacéuticas; los intelectuales, como
inspiradores de esos grupos anticiencia y por supuesto, los gobiernos y sus
políticas. Se suele atribuir a los científicos la defensa de la ciencia como
única poseedora de la verdad absoluta, pero en realidad esto no es cierto. Lo
que sostienen los científicos es que su método es el más fiable y, por ende, el
que menos errores comete. Para que una teoría sea aceptada debe ser capaz de
justificar los resultados experimentales disponibles. Por tanto, esa versión de
la ciencia como usurpadora de la verdad absoluta no emana de los científicos,
sino de sectores críticos con la ciencia. La mayoría de los científicos creen
que mediante la ciencia se puede llegar a la verdad, pero no están en posesión
de la verdad absoluta. Existe una diversidad de puntos de vista científicos
sobre la naturaleza.
Los ataques lanzados contra la ciencia han generado, históricamente, una
pérdida de significación social, alimentando la aparición de pensamientos
anticientíficos. Esto se pueden diferenciar tres periodos. Un primer periodo,
con la aparición de la ciencia moderna. En este tiempo, surgen voces contrarias
a la ciencia al percibir en ella un mal que viene a sustituir los viejos
valores religiosos-espirituales por un método objetivo. Un segundo momento, lo
situamos en la segunda década del siglo XIX. Dos componentes harán renacer la
anticiencia: el romanticismo político y el existencialismo. El planteamiento
teórico del romanticismo político entreveía una pérdida de la identidad a manos
de la ciencia, observando un nuevo avance científico que volvía a romper con
los valores tradicionales, mientras el existencialismo contradice la ciencia, y
el razonamiento científico, negando el pensamiento racional y las observaciones
objetivas. Por último, la década de los años sesenta de la pasada centuria, con
la aparición del movimiento postmoderno, el cual viene a legitimar cualquier
pensamiento, aunque no haya sido confirmado por la experimentación.
La ciencia en sí misma es productora de conocimiento, de modo que su
desarrollo y evolución conlleva un apoyo de todas las artes del desarrollo
social y cultural. Según los defensores de la anticiencia, este planteamiento
incurre en dos errores, uno de esencia y otro de aplicación. En cuanto a la
esencia, por mucho que la ciencia prodigue un avance del conocimiento en todas
las esferas del saber, no podrá resolver desde el conocimiento teórico
cuestiones relativas a la moral. La ciencia está sujeta a hechos puramente observables,
y los juicios de valor derivados de las ciencias del saber que afectan a
cuestiones subjetivas presentan graves dificultades para ser resueltas por los
procederes de la ciencia.
Créditos
“Jesús A. Valero-Matas “
Universidad de Valladolid, España 2017
“Randall Zúñiga López”
Fundamentos de la criminología
No hay comentarios.:
Publicar un comentario